Los lectores que fuimos

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diciembre 17, 2014 por delaberintos

 

Este sábado el Babelia estaba dedicado a la literatura infantil y, dada mi próxima maternidad, el reportaje me ha interesado especialmente. Además de varias recomendaciones de cuentos concretos, había un artículo sobre cómo fomentar la lectura. La mayor parte de recomendaciones eran de sentido común aunque posiblemente no tan fácil aplicación como podría parecer a simple vista: enseñar con el ejemplo, escoger los libros según los intereses del niño y dejarle también a él elegir y equivocarse. No rehuir los temas más “espinosos”, no tratar de edulcorarles las lecturas sino permitir que la ficción sea un territorio en el que los niños se expongan y vayan ensayando respuestas ante los retos a los que les someterá la vida. En esta misma línea apunta el psicoanálisis en los cuentos de hadas de Bruno Bettelheim: los cuentos tradicionales son importantes en la formación de la identidad y la gestión de las emociones del niño. No podría estar más de acuerdo.

9788408007050

Cuando pienso en mi propia evolución lectora, recuerdo que los libros siempre han estado presentes en mi vida. En primer lugar a través de los libros ilustrados y con desplegables más o menos espectaculares que me regalaban mis tíos. Después, una vez que ya supe leer, la colección del Barco de Vapor, los juegos de detectives de Amy y Lince y algunos otros de la editorial Timun Más, y algo mayor, el maravilloso territorio del cajón del desván en el que se guardaban muchas de las lecturas de mis tíos cuando eran niños – las sagas de Enid Blyton, Puck, Emilio Salgari – y que marcó hasta tal punto mi infancia que no pude evitar que apareciera poco camuflado en mi conato de primera novela. También recuerdo el impacto del diario de Ana Frank y los libros de Gran Angular, en especial algunos fantásticos y otros que reflejaban los territorios emocionales más o menos turbios en los que comenzaba a adentrarme. Ya durante el bachillerato una primera aproximación a los clásicos que estudiábamos en clase – Anna Karenina, Fortunata y Jacinta –, aunque si las lecturas eran obligatorias – Gerald Durrell y su familia y otros animales – dejaban de interesar incluso a asiduos lectores como yo. Me pregunto que habría sido de nosotros si en lugar del poco motivado profesor de literatura que nos cayó en suerte (creo que no llegamos a pasar del Realismo y el Romanticismo), hubiéramos tenido a alguien que nos ayudara a poner en palabras aquello que nos daba la lectura, a saber interpretar qué tenían los libros que nos atrapaban, a interesarnos por la otra cara de la moneda: la forma en que se construyen los libros. Quizás se hubiesen despertado muchas vocaciones bibliófilas.

En mi casa mis padres leían y aunque hoy no compartiría sus gustos, son más bien lectores de género y best seller, en aquellos momentos lo de menos eran los títulos y los autores y lo que de verdad contaba era verlos sentados con un libro entre las manos, en silencio, absorbidos por las páginas. Mi hermana también estuvo rodeada de libros y tuvo el mismo ejemplo, y sin embargo es una lectora inconstante, mucho más próxima al ensayo que a la ficción. Tal vez tengan algo que ver los diferentes tipos de imaginación que tienen los niños, la diferentes formas de aproximarse al juego aunque en el fondo se trate de la misma necesidad profunda de evadirse de la realidad y ensayar otros roles, otras identidades. Mi hermana era capaz de crear mundos con las muñecas y las construcciones, yo necesitaba que fueran las palabras las que me abrieran otros universos.

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