Pequeña crónica de Kosmópolis 2015

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marzo 21, 2015 por delaberintos

Estos dos últimos días han sido días de intensa inmersión en el mundillo literario. Se celebraba kosmópolis en el CCCB y he asistido a varios de los talleres y entrevistas programadas.

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El jueves asistí a un Bookcamp a propósito de quiénes son actualmente los prescriptores de libros. En el debate intervinieron principalmente Jenn Díaz, una autora jovencísima discípula de Ana María Matute que publica con Lumen, Bernat Ruiz Doménech, autor del blog scriptaverba.wordress.com, y Carles A. Foguet, de JotDown. Todos eran firmes defensores de la democratización de la opinión, de la creación de comunidades virtuales con intereses similares en las que establecer un diálogo bidireccional, frente al academicismo vertical imperante hasta hace no tanto tiempo.Tengo que reconocer que era fácil dejarse arrastrar por su vehemente discurso, pero sigo sin tener resuelto el dilema de la autoridad intelectual. No hay duda de que no todas las opiniones son igual de válidas, que la formación no siempre es suficiente aunque debería ser un punto de partida, que la criba virtual que hay que hacer para navegar en el océano de información al que tenemos acceso hoy en día dificulta también la selección. Siguen haciendo falta referentes, solo que ahora los mesuramos en función de los “me gusta” que reciben o de los seguidores que tienen, sin reparar en que ello no siempre se debe a la calidad de sus recomendaciones, sino también en parte a su conocimiento de las redes.

A continuación fui a la conversación entre Matías Enard y Javier Cercas. Del escritor francés no he leído nada y del Cercas novelista poco, aunque sigo sus artículos en el País y lo he escuchado hablar en un par de ocasiones. El tema en torno al cual giraba la conferencia era la impostura, ya que ambos autores tienen novelas dedicadas a este tema (Zone, en el caso del francés, y la reciente El impostor del autor extremeño afincado en Girona). También hicieron mención a El adversario de Emannuelle Carrere, una obra que comparte con Cercas el hecho de no ser ficción, territorio en el que nuestro autor ya se había estrenado en Anatomía de un instante.

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Y ahí radicó el interés principal de la conversación, o más bien monólogo, pues el español acaparó gran parte del diálogo ya que, como el mismo apuntó, tenía un increíble jet lag que le hacía, entre otras cosas gesticular, en exceso. El interés principal, digo, giró en torno a la necesidad o no de que una novela sea necesariamente ficción. Cercas defendía que no, que al contrario de lo defendido por el canon decimonónico, otros autores como Cervantes, Fielding o Stern habían ensanchado los límites de la novela hasta el punto de convertirla en un género en el que cabe todo. La diferencia entre una novela de no ficción y un ensayo radicaría entonces en que el tipo de pregunta que trata de responder el novelista y el historiador es diferente, el primero trata de responder a una pregunta moral, de dar una respuesta lo más compleja posible y además juega con la forma según sus intereses para generar expectación en el lector, tensión narrativa.

En cuanto a la impostura, ambos autores estuvieron de acuerdo en que todos de algún modo nos servimos de ella en nuestro día a día, en que las grandes mentiras, como la ficción, se tejen con pequeñas verdades que se estiran, se deforman, se adecúan a nuestros intereses. La duda que subyace cada vez que oigo hablar de Enric Marco es hasta que punto sus mentiras lo son para él, pues de la impresión de que lo configuran hasta tal punto que ya no hay voluntariedad que nos permita asegurar que miente aunque sin duda lo que dice sea mentira. Tal vez delire, como su madre, ingresada en un psiquiátrico según pude leer en alguna de los muchos reportajes y entrevistas publicados sobre él en los últimos meses.

Por último, el jueves, ahora ya en el Teatro, asistí a la conversación entre Llucía Ramis, autora mallorquina de quien he leído Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, y Paolo Giordano, fenómeno editorial hace unos años por La soledad de los números primos y que acababa de publicar nueva novela. Desde el principio se estableció entre ambos autores jóvenes una complicidad que los hacía contagiar su risa a cada rato al público. Hablaron de la relación existente entre literatura y familia.

Aunque había ecos de la charla anterior, el eterno debate ficción-no ficción, aquí el punto de vista era más personal, más intimista. No se trataba de escribir de acontecimientos históricos o de personajes ajenos, sino de escribir precisamente de la propia intimidad del autor sin las máscaras que nos proporciona la ficción. Porque sin duda cualquier trama, cualquier personaje, nace de la realidad pero se transfigura en el proceso de escritura. Lo que planteaba Ramis era la conveniencia desde el punto de vista ético de escribir sin filtro de los que tenemos más cerca: familia y amigos, con respeto y con la intención de acceder a una verdad universal, pero sin contar con ellos hasta después de consumado el acto y el precio que el autor está dispuesto a pagar por ello, desde las demandas a las que se enfrenta alguien como Karl Ove Knausgard, hasta la autocensura a la que se somete el autor para evitarse conflictos.

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Creo que es un dilema que atañe sobre todo al autor y a sus allegados, yo como lectora, una vez que la persona se ha transformado en personaje literario, leo sus peripecias sin que me importe si son ciertas o no, puesto que una vez establecido el pacto narrativo con el autor, esa historia cobra vida ante mis ojos independientemente de que haya tenido lugar o no en la realidad. De hecho, cuando yo misma he hecho el ejercicio de escribir sobre alguien próximo, siempre dudo de si es cierto o no lo que escribo, de si eso se corresponde realmente con lo que pienso o siento respecto a esa persona por dos motivos: la permanencia de lo escrito, que parece fijar nuestras opiniones sobre los demás cuando lo cierto es que estas son volubles, y la conciencia estética que asumimos implícitamente en el hecho de escribir que puede llevarnos a falsear, edulcorar, magnificar, la realidad.

El viernes por la mañana, en el espacio Mirador, me había inscrito en el taller que impartía Eduardo Lago, autor residente en Nueva York y a quien hace unos años también en Kosmópolis sostuvo una conversación hilarante junto a Enrique Vila-Matas a propósito de Melville. En esta ocasión iba a analizar los paralelismos entre la obra de David Foster Wallace y el cineasta David Lynch, a quien al parecer el autor norteamericano había dedicado varios ensayos.

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A lo largo de la exposición, algo monótona ya que en esta ocasión Eduardo Lago se limitó a leer las notas que traía preparadas, iba intercalando fragmentos de la última película de Lynch: Inland Empire, con Laura Dern como protagonista indiscutible. Lo único que amenizó la exposición fue el hecho de que el ponente casi se cae en una ocasión de la tarima entre exabruptos varios dado que la silla de oficina de le había facilitado la organización solo contaba con tres inestables ruedas. Hace unos años leí gran parte de La broma infinita y pude valorar la experimentación formal que supone así como disfrutar de muchos de sus divertidos pasajes, me cuesta como con Bolaño reconocer en sus libros las obras maestras que gran parte de la crítica dicen que son. Quizás tenga que ver con mi lectura del mundo. Por lo general huyo de esa estructura fragmentaria a la que nos aboca internet, mis coordenadas son otras, puede que necesite más puntos de amarre. Lo que sí que me gustó fue el discurso de graduación titulado This is water que impartió como profesor del Kenyon College y con el que Lago cerró su exposición.

( https://www.youtube.com/watch?v=EaYMcD5xodg)

Por la tarde me esperaban dos platos fuertes: Alberto Manguel y David Grossman. Fue un placer escuchar hablar de Alicia en el País de las Maravillas en su 150 aniversario en la voz de quien fuera el lector de Jorge Luis Borges cuando la ceguera lo imposibilitó.

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Entre una charla y otra, gracias a encontrarme en compañía de Olga Jornet, profesora de la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés y coordinadora de Revista de Letras, tuve la oportunidad de asistir a una visita privada a la exposición de Sebald con Jorge Carrión, comisario de la misma. Para la muestra, en la que ha trabajado más de siete años, ha logrado reunir a una serie de artistas contemporáneos cuya obra dialoga con la del autor alemán: mapas, trenes, memoria, caminantes. El universo de Austerlitz y Los anillos de Saturno. Como broche final, la entrevista al autor israelí que culminó con la lectura en hebreo y en catalán de un pasaje de su última novela editada en nuestro país, Gran Cabaret.

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Hasta aquí mi pequeña crónica de K15, aunque sé que me he perdido el concierto de Vinicio Caposella y Dimitris Mistakidis así como a Cristina Rivera Garza, Robert Coover, William Vollman o Martín Caparrós.

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